
Me detengo a mirarlos. Uno que otro también me ve. Se mueven despacio en los pasillos, la mayoría porque no sabe a dónde va. Se visten de colores y llevan abrigos. Tienen compañía. La hora pico es la ideal para observarlos. Alrededor de las diez de la mañana no queda lugar para sentarse. Entonces callan. Esperan.
Ellos no saben que los miro. Aunque, a veces, alguno de ellos también me mira. Que observo sus manos frotándose una con otra, como cargándose de energía para la batalla. Que miro sus frentes arrugadas por lo incierto. Que noto sus piernas moverse una y otra vez, como acelerando el reloj para conocer el diagnóstico.
También veo sus sonrisas. La cálida esperanza que se dibuja en sus rostros tras una buena noticia. Veo las miradas cómplices, cómo se estremecen justo antes de saberlo. Más que eso, siento sus abrazos sin tocarnos nada. Los abrazo yo también.







