Un soplo que pasa

Tiempo, enemigo eterno del ser humano, perseguidor de nuestros días, siempre contrario a nuestras ilusiones e “inversamente proporcional a amar la vida“. El tiempo es la magnitud física que mide la duración de las cosas sujetas a cambio, esto es, el periodo que transcurre entre dos eventos consecutivos que se miden de un pasado hacia un futuro, pasando por el presente. Y enfatizo pasando por el presente porque nos empeñamos en saltarlo cada día.
Siempre estamos ansiosos porque pase… Locos porque el profesor termine de hablar para que termine la clase de las 6 y podamos irnos a ver televisión; desesperados porque la novia termine de cambiarse para poder salir; porque a papi se le olvide que nos castigó y podamos irnos de bonche; porque pase el tiempo para que curemos las heridas y volvamos a ser nosotros; Estamos tan pendientes en que acaben las cosas y pasemos al futuro que nos olvidamos que debemos pasar por el presente. Y el presente es importante porque es ahora, este momento, comprende lo que tú estás pensando al leer esto y lo que yo estoy escuchando al escribirlo. Corresponde al momento justo de hacer algo con el tiempo, con la vida, con la gente, con nosotros.

El presente es lo clave en esta relación, ser humano-tiempo, y es que no podemos vivir en el pasado porque no podemos caminar mirando hacia atrás. Sufriríamos el riesgo de tropezar con todo y hasta de no avanzar por el miedo a caernos. Pero tampoco podemos vivir en el futuro porque el ver sólo al horizonte pone todo lo demás borroso. Entonces nos perderíamos de aprender todo lo que va primero. Aquí viene el presente a hacerse importante. Como diría Flaubert: “El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente.” De modo que es hora de vivir el presente. Sí, ahora mismo, este justo instante en que pestañeas y respiras, en que tu compañero de oficina te distrae y no terminas de leer el post, ahora cuando esta lloviendo o cuando tienes una taza de humeante café frente a ti. Aprovecha este momento.

Tu y yo, que ya estamos un poco atrasados (Nuestro cerebro necesita medio segundo de tiempo para que un estímulo pase del inconsciente al consciente) deberíamos empezar a trabajar en nuestro presente ya!… para que así logremos ver nuestro futuro claramente y dejar que el pasado simplemente se quede en nuestra memoria.

Entre la fe y la incredulidad, un soplo.
Entre la certeza y la duda, un soplo.
Alégrate en este soplo presente donde vives,
pues la vida misma está en el soplo que pasa.(O.K.)

Dejemos de pensar y hagamos algo con este soplo que pasa. Es más… ya pasó. Aprovecha el siguiente soplo.

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¡¡¡Sorpresa!!! ¿¡Prueba superada!?

Muchas cosas por venir. Situaciones que no vemos pero que están ahí a la espera. Pruebas. Tribulación. Problemas. La vida del ser humano, especialmente de aquellos que se deciden a seguir un camino, cualquiera de ellos, está ligada totalmente a sus momentos de prueba. El camino de mi “tribu”(como diría Pablito) es el camino cristiano. Nosotros adoramos a Dios con todo el corazón, pero el asunto es proporcional, así que mientras más lo hacemos mucho más nos acercamos a Él, y supongo que Él dirá que ya que le cogimos confianza es hora de las pruebas, sometiéndonos a diferentes “ejercicios” para moldear nuestra actitud ante la vida.

Con esa confianza con que nos dijo un día: “Ven y sígueme“, nos dice tambien que “esperemos en Él“. El problema surge cuando a nosotros se nos ocurre pensar que ese tiempo que debemos esperar es dependiente de uno, que lo manejamos a nuestro antojo, como adelantar y atrasar el reloj de nuestra muñeca… grave error… en ese justo momento es cuando aquella montaña crece con fiereza, se nos viene encima el alud y quedamos sepultados bajo lágrimas de dolor, sufrimiento y soledad.

Ella se sentía sola, estar en su casa era un tormento y estar feliz ante los demás era algo que le causaba demasiado dolor. Todos los días pasaba por ahí de camino al trabajo, sin embargo ese día sentía el peso del mundo en sus hombros y entró en aquel lugar santo. Sus rodillas tocaron el suelo, cerró sus ojos y clamó al Padre. Abrió su corazón lleno de cicatrices y de muchas heridas por sanar, y dejó que la limpiara, que lo tomara en sus manos benditas. Esa noche dejó que aquel a quien había aceptado como salvador de su vida, como su amigo eterno, la tomara de la mano y le diera sus hombros para llorar. Y lloró. Aquellas lágrimas que no veían el mundo exterior desde muchos años atrás, salieron de sus ojos y mojaron el manto de su maestro.

“…Mujer de poca fé, ¿porqué lloras?” ¿acaso no te acuerdas de las promesas que te he hecho? ¿de nuestras conversaciones en la soledad de tu habitación? ¿ de las veces que clamaste “Señor, Señor…? Porque Yo no me he olvidado de cada lágrima que derramaste y de todas aquellas a quienes les negaste salir, recuerdo siempre cada vez que te he ofrecido el mundo y cada estrella, consuelo y esperanza, paz y amor eterno que he prometido. No debes confiar en las dudas de tu mente, deja que tu corazón sea quien hable por tí. No debes confiar en la fuerza de tus manos, deja que yo cargue el peso de tu cruz como lo hice hace mucho tiempo. No confíes en las ilusiones de este mundo, pues mi reino no le pertenece y tu has sido elegida para formar parte de ese reino. Aquí en la tierra todo es pasajero. El dinero, la fama, el éxito, el ser humano, se basan en intereses que ahora estan y día al siguiente no. Entonces, si no he hecho nada más que amarte hasta el extremo, ¿porqué no confías en mí?

En ese momento levantó el rostro y le dijo: “Señor es que todo ha ido en mi contra, ya tengo mucho tiempo esperando y nada pasa, todo se derrumbó, ya no veía luz por ningún lado“. Él la miró con ojos de ternura: “Tanto tiempo esperando, y,sin embargo, nunca viniste a buscarme como ahora. Es que tu momento no ha llegado. Debo sanar tu corazón primero, borrar cada mentira, cada momento de ira, cada engaño, para después, cuando seas lo suficientemente fuerte y sabia, regalarte justo lo que necesitas, en el momento indicado.”

“… y esperaré, en la tormenta. Aunque tardare tu respuesta, yo confiaré en tu providencia. Tú siempre tienes el control.” Y esperar no es una tarea fácil, pero ¿cómo luchar contra alguien que sabe todo sobre ti? hasta tu futuro. Yo no sé ustedes, pero realmente es muy duro pelear como un gallito y después tener que ir a pedirle cacao a papa Dios (créanme). Aunque lo más chulo de todo es que Él siempre nos espera con los brazos abiertos, con una sonrisa, con palabras de amor, en el abrazo de un amigo, en las frases adecuadas.

“Me dice que me ama cuando veo la cruz, Sus manos extendidas, así tan grande es su amor,
Lo dicen las heridas de sus manos y pies, Me dice que me ama una y otra vez.”

Como me enseño Alguien, la historia de nuestra vida esta escrita en granos de arena y aún frente a nosotros no podemos verla. Y esto sólo porque no estamos listos, no ha llegado nuestra hora (hasta el mismo Jesús tuvo que esperar su hora) y nosotros, insignificantes humanos, ¿porqué no hemos de esperar la nuestra? Mientras tanto: Paciencia y Serenidad. Puede que estemos arruinando la sorpresa que nos tiene guardada papa Dios.

…Y le habló el viento

Secó su propio llanto. Levantó la frente y siguió su destino. Sabía que acababa de vencerse a si misma, que ya nunca sería la misma persona y que ahora su alma era de guerrera. Respiró hondo y miró al horizonte. Sonrió. Muchas veces había escuchado hablar de esto. Había opinado incluso sobre el tema, expresado sentimientos que realmente llevaba dentro de sí. Pero nunca antes se había sentado en aquellas piedras con el pesar de aquel día.

Llevaba toda una vida observando el río de cerca, creció junto a los árboles que le rodeaban, compartiendo chapuzones con las ranas y peces que lo habitaban y hasta escuchando como le hablaba el viento cada vez que venía a buscar consuelo. Pero nunca como ahora.

Esa tarde tomó las llaves del auto (habían pasado muchos años desde que partió a la ciudad a “buscar un futuro”), directamente hacia el río que había sido su compañero, a contarle sus cosas. Le relató su vida lejos de él. Le conto de sus estudios, de su vida con personas nuevas, de las pocas veces en que habló con su madre y de la muchas en que se olvidó de sus hermanos; habló con él sobre sus días sola en la ciudad, entre tanta gente y aún así totalmente sola, de su rutinaria vida: gimnasio, trabajo, almuerzo en la esquina, trabajo, cena en casa (sola), llorar hasta caer rendida.

Le dijo cuánto extrañaba a aquel. Nunca había expresado sus sentimientos hacía él con nadie. Lloró. Le contó al río las veces que la tomó de la mano, las veces que durmió en sus brazos, las sonrisas compartidas en el parque, las noches de estudio, su llamada diaria a las 5 de la tarde, las discusiones ricas en cultura, las lecturas obligadas, las noches que pasaba secando sus lágrimas, los viernes de bohemia, los vinos hasta el amanecer, su canción favorita, lloró. Ya no era ella, era su corazón diciendo las cosas que debía decir años atrás.

Le narró a la corriente su último disgusto, como esperando que su culpa se fuera con ella. Esa noche, 10 años atrás, ella quería salir. Él no; decía que la carretera estaba muy oscura, que podía pasarle algo, que no podía salir sola, que él no quería ir. Ella tomó la decisión de partir alegando sus 21 años, su carrera casi terminada y su deseo de vivir la vida de otra manera. Y así lo hizo. Sin decirle a nadie tomó sus cosas y dejando una carta en la mesa partió antes del amanecer en búsqueda de su futuro.

Desde aquella mañana él nunca sería el mismo. Ella no volvió a hablarle jamás. Aún cuando las últimas semanas había recibido infinidad de llamadas de su madre rogándole que fuera a verlo, ella no sucumbió, su orgullo pudo mas que el amor que tuvo alguna vez por él. Sin darse cuenta de las verdaderas intenciones de esas llamadas, así lo dejó ir.

Él se convirtió en viento dos días atrás, precisamente aquella mañana en la que ella había prometido ir a verle… pero ya era muy tarde. Él ya era parte de la tierra, su alma se había ido a morar a los cielos y su corazón se quedó partido por la ausencia de aquella entrañable hija. Su única hija. Ella lloró. No se perdonaba tener que seguir viviendo si ya había hecho tanto daño como para cubrir tres vidas de miseria. Sin embargo el río le había enseñado que debía seguir adelante; que para ser río tenía que renovarse, ser diferente cada día, nunca posarse en charcos inadecuados y, al contrario, seguir su camino a pesar de las piedras y troncos que encontrara… hasta llegar a cumplir su destino. El viento la perdonó. Mucho antes de ella llegar a ese lugar ya lo había hecho.

Y en ese momento se dió cuenta de que tenía que salir a buscar ese destino. ¿Cuál sería? eso no importaba. Fuera cual fuera ella ya estaba dispuesta a seguirlo y a negarse a sí misma. A olvidar su pasado, a perdonar y a perdonarse. A renovarse. Sabía que acababa de vencerse a si misma, que ya nunca sería la misma persona y que ahora su alma era de guerrera. Respiró hondo y miró al horizonte. Sonrió.


Amar como la Luna

A mi me fascina su luz. Fría, azul, tenue. Fue hecha para el amor, porque muchas historias de amor se han tejido bajo su manto estelar, pero también fue hecha para amar. Y lo hace todos los días. Dos veces por día. Por la eternidad. Muchas veces tiene que despedir a quien ama, y las mismas veces debe decirle adiós. Su vida no debe ser fácil.

Él la mira desde lejos. Caliente, rojo fuego, brillante. Le sonríe cada mañana y le brinda una canción en forma de rocío. La ama profundamente. La ama tanto que todos los días se despide de ella cada noche para verla decirle adiós en la mañana. Su vida tampoco debe ser fácil.

Sueñan mucho con estar cerca…y han llegado a idear la manera de sentirse cerca pocas veces cada milenio. En esas noches o días se esconden uno detrás del otro. El de delante da la espalda para besarse con el que quedó lejos de los ojos de los humanos. Y sus besos se inmortalizan en haces de luz que se escapan y quedan atrapados en fotografías.

Ambos por su lado velan por el mundo. Fueron encargados de dar luz, directa e indirectamente, a los seres que habitan la tierra. Influyen de tal manera que hasta nuestro humor cambia en presencia de ellos, y la naturaleza puede verse alegre o nostalgica según sea la ocasión. Y los seres humanos los miran como rutina en vez de aprender a amarse como ellos. Eternamente, sin condiciones, simplemente porque fueron hechos para eso. Y nosotros los humanos hemos sido hechos para amar. Esa es nuestra ignorada naturaleza.

Ese sábado la luna habló al corazón de muchos, le contó de sus noches, de su nostalgia, de su vida. Habló de tal manera que terminó tornándose púrpura lo que era blanco e inocuo. Nosotros, los admiradores terrenales de la luna nos sentimos totalmente aludidos. Aludidos porque nos habló tan directamente que la noche misma se tornó nostalgia, que la misma oscuridad se volvió compañía y que las conversaciones sostenidas hasta ver el sol de ese domingo nos tornaron el alma.

Talvez sería mejor amar como la luna. Sin condiciones, viendo en la luz que emana el sol la más sublime de las demostraciones de amor. Tan tierno y apasionado, que toca con sus rayos la superficie de la luna, recorriendo sus montes, abrazando sus hondonadas, calentando su frío ambiente para transformarlo en amor para nosotros, los infames humanos, que hacemos del amor un ente totalmente pasional olvidándonos de que dar hasta nuestros últimos rayos al astro que nos espera todos los días, es para lo que hemos sido hechos.

Querer como la luna y el sol… dilema que puede ciertamente convertirse en amor verdadero y en la mejor historia de amor de todos los tiempos.

¿Y ahora que?

¿Y ahora que?…. es tan común escuchar de los seres humanos esta expresión. Llega un punto en nuestras vidas en el cual no sabemos qué camino escoger o cual decisión tomar, y duele. Duele porque hay que cambiar de rumbo, porque debemos cambiar nuestros cómodos pensamientos y pararnos del sofá y salir a caminar hacia lo incierto.
Y salir a caminar no es nada fácil, uno debe tomar la decisión de coger los tenis del armario, ponerse ropa para sudar un poco, agarrar los lentes de sol y algún reproductor de música… y salir a caminar.

Aunque pasemos por valles de incertidumbres, no hemos de tropezar si confiamos en el plan mayor, en que nuestra historia ya está escrita y que las dudas y el pesar no son mas que herramientas de las cuales se vale nuestro Diseñador Inteligente para hacernos aprender. Y aprender es bueno en cualquier momento de nuestras vidas.

Sí, duele salir a caminar, pero duele más si nos quedamos sentados en el sofá y no ponemos caso a nuestra mascota que nos pide que le saquemos a pasear, y nos quedamos allí con los mismos temas de conversación, con las mismas luchas, con los mismos anhelos, sin darnos la oportunidad de que nuestros sueños se conviertan en realidad y que nuestras actitudes nos hagan realmente felices.

¿Y ahora que?… es hora de salir a caminar… ya veremos que aprenderemos después.