Dominus vobiscum

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“Como ellas temiesen e inclinasen el rostro a tierra, les dijeron:
«¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” Lc.24,5

De la total oscuridad surgió la luz, luz que llevaba tu nombre, Alfa y Omega, Principio y fin. En las manos de esos a quienes llamaste a llevar tu rebaño se esparcía por todo el salón que había estado en penumbras. Nadie hablaba, no se movían los árboles, los celulares enmudecieron por una vez en todo el año, las pupilas dilatadas en busca de aquél rayo de luz que poco a poco inundaba los rincones de la parroquia.

Mientras, en el pasillo central se escuchaba la voz: Luz de Cristo, y los fieles contestaban dando gracias al Dios a quien fueron a esperar esa noche, a quien buscaban entre las tinieblas, quien les sacaría de la noche oscura a una eternidad en la claridad. Y, en poco tiempo, ciertamente la claridad cubrió las paredes que rodeaban a esa multitud, salían los rayos por las ventanas y los vitrales, las caras se hicieron conocidas, las sonrisas devolvían las miradas, y la luz… ¡oh hermosa luz! no sólo en las manos que sostenían las velas, sino en los corazones que la anhelaban.

¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento

en que Cristo resucitó de entre los muertos.

¡Aleluya, Aleluya!


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